junio 26, 2011

La Caída, de Camus

Una tarde tranquila. En casa. Acabo de terminar de leer la novela La Caída, de Albert Camus. El libro fue un regalo del escritor Santiago Almada. Diciembre del 2009. Ha tenido que esperar mucho en mi librero.

Es un monológo fascinante, inquisitivo, reflexivo. Despierta hasta culpa. Por la página 60 tomé conciencia que el personaje, abogado penitente se señala, no habla con otra persona que no sea con el que lee el libro. A la mitad, las cavilaciones se vuelven densas, insoportables como espejo que muestra el cuerpo sin piel.

El personaje, que si tiene un nombre creo que lo pase por alto, parte desde expresiones triviales y, de a poco, empieza a taladrar hacia su adentro, que empieza a ser,
de alguna manera, el adentro del que lee . Holanda y Francia, los escenarios en sus narracciones, pero escenarios que son sombras.

Es el primer libro de Camus que leo. Definitivamente buscaré los demás, aunque ahora me enfrasque en el libro de cuentos Negocios (Drown), del escritor Junot Díaz. Pero no puedo dejar de compartir uno de los fragmentos que subraye de este libro -el último publicado por Camus antes de su muerte- mientras lo leía, un fragmento que releí tres veces. Es una expresión dura que me hace pensar desde dentro hacia afuera y viceversa. Me gustan los libros que me hacen pensar.

"...Pero no es fácil, porque la amistad es distraída, o al menos impotente. Lo que quiere, no lo puede. Quizá, pensándolo bien, no lo quiere lo suficiente. Quizá no amamos lo suficiente la vida. ¿Ha observado usted que sólo la muerte despierta nuestros sentimientos?¡Cuánto queremos a los amigos que acaban de dejarnos! ¿No es cierto? ¡Cuánto admiramos a los maestros que ya no hablan porque tiene la boca llena de tierra! Entonces el homenaje brota espontáneamente, ese homenaje que quizá habían esperado de nosotros durante toda su vida. ¿Pero sabe usted por qué somos siempre más justos y generosos con los muertos? La razón es muy sencilla. Con ellos no tenemos obligaciones. Nos dejan libres, podemos tomarnos todo el tiempo que queramos, colocar el homenaje entre un cóctel y una querida afectuosa, a ratos perdidos, en suma. Si a algo nos obligan sería a la memoria, y tenemos la memoria demasiado corta. ¡No, el amigo que queremos es el muerto fresco, el muerto doloroso, queremos nuestras emoción, nos queremos a nosotros mismos, vaya!"

1 comentario:

Proyecto Madrugada dijo...

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:)
Besos, versos y abrazos desde Sadalsuud