enero 28, 2013

Antonio Fernández Spencer

He descubierto un poeta y para mí eso significa respiro, vida, un amanecer, una tarde en una mecedora, comer chocolate, besar a mi hijo, amar al hombre que amo.

Por casualidad, y luego de robar una edición de uno de los pocos suplementos culturales que quedan en República Dominicana: Areito, lo descubrí. Antonio Fernández Spencer.

Tengo un buen rato buscando sus poemas en la red. Sólo he encontrado tres, entre ellos el que leí en Areito.  Comparto el poema y si alguien de los que me lee sabe donde puede encontrar un poemario de él, por favor me dice.

El poema que leí en Areito me siembra los pies en el presente y me hace descubrir algo que he comentado antes: lo novedoso que quieren presentar algunos en poesía, no es novedoso nada.

Por lo demás, golpea como piedra en la cara. Hermosas imágenes que te derriten por dentro.

Así ha de cantarse hoy

Nada, cielo, hombre, no nos libertará nada:
la demencia, el fuego de la ciudad
riente y acogedora como una tumba.
Dante escribió el Infierno; pero tú y yo,
y tú, y tú, vivimos  el infierno
como una gran ala de águila golpeada
por un día de nieve.

Entro en la taberna
(es como penetrar en mi casa o en un cementerio)
y bebo el vino, y la amargura del obrero bebo.

Esa muchacha dará su virginidad
por el paraíso oscuro y torpe de unas medias de seda.
La lucirá un día, y ¡zas!, como su virginidad,
se esfumará el encanto.
Es probable que la engañe un obrero que ha reunido
pobres céntimos de lágrimas
y que busca, inocente, un placer turbio
como un vino de tascas,
como un ron doloroso de las islas de América.

La veremos danzar borracha, despeinada,
proclamando que es feliz,
mientras una dura lágrima de tiempo le surcará el rostro.
No  es verdad, en esta tierra nadie es feliz,
ni siquiera el tirano con sus vicios y sus leyes
de desolación y engaños.

En esta tierra no es alegre ni el águila ni el cordero,
ni  el viento al recorrer el pecho de una mujer
o la sangre de las amapolas;
en esta tierra no es feliz el maizal,
ni los naranjos, ni el viento.
Ved que todo es  polvo,
milenaria  tierra de lágrimas labrantías.
Ved que hacia el polvo va el caballo que trota,
el canto  de ese mozo rojizo como un roble,
las cerezas y mejillas de las muchachas.

Sin embargo, yo las prefiero desnudas a muertas.
La lividez salvaje cuando besan me llega a la raíz,
al origen más turbio de mis penas y de mi sentimentalidad;
yo las prefiero cuando las nombran codiciosas mis labios
a cuando huyen acosadas

Por el golpetear traqueteante de la nieve en sus carnes
apretadas de aromas y de jacintos.

En esta tierra ni el cielo ni la luz son felices,
ni la superstición ni el vicio,
ni la yerba humilde no los jardines recientes.
Por eso hay que jugarlo todo al dado roído de la muerte,
y perder ¡zas!, el alma como aquel par de medias
o la virginidad.

Contemplo al hombre en los muelles.
en los andamios y en los circos,
entreteniendo el barro inútil del hombre,
a la sensualidad perversa de la mujer del pueblo
(putrefacta semilla sin sentido).
 Este es el mundo:
la mujer y el vino para embriagar la nada de los cuerpos
también te darán la esperanza de ser el paraíso,
y te quedarás, con hermosura sin igual,
en las brasas del infierno.
Bello es el infierno; al fin, esto tiene algún sentido:
es lo que merece tanta putrefacción y torpeza.
Pero tampoco en el infierno se es feliz ni en la muerte.
Este es el hombre:
ser como un tronco llevado por la corriente de los ríos,
sin paradero, al fin, como el pasar del viento entre la nada.
Este es el cuerpo: una fruta estrujada,
una hoja de calendario muerta, una moneda gastada
en alguna futileza, como ir a comprar una cinta amarilla.
o un canario enjaulado.
El infierno se parece al repetirse
de ese hecho y de ese pan,
siempre monótonos  e iguales:

Allí habrá llamas y llamas, quemantes y monótonas
como la llegada del día y de la noche,
como la llegada del lechero o el relincho de los caballos,
como los cántaros de las muchachas junto a la fuente.

Recuerda, hombre, que eres polvo;
recuerda que te deshaces como la nieve
o como la gota brillante de rocío,
o como la vela que alumbra la soledad en la casa del pobre;
no obstante, yo diría: «Recuerda que eres sin felicidad».
Manhattan, Londres, Madrid, son grandes necrópolis,
alas de ilusión quemadas
en el candil de la verdad de la muerte;
en esas ciudades, como en todas,
nacer es danzar hacia la muerte.
Todo esto es verdad, como ni mano en el agua
o entre la polvorienta lana de una oveja.
Nadie cortará una hoja de felicidad en el árbol del mundo;
por eso tranquilo y confiado me bebo este vino,
y veo pasar ríos de mujeres, de autos, de habitaciones
hacia el eterno pozo del polvo.

Ya he compuesto, hermano hombre,
una canción dura y amarga como un vino de  taberna;
es lo que hoy es necesario escribir,
porque nosotros somos realistas y humanos,
y sabemos que la belleza es una colilla de cigarro olvidada
en un rincón del mundo.
Di cosas, cuando cantas, tremebundas y amargas,
y tu canto será disputado en todas las tabernas de la tierra,
invadirán las altas y envilecidas habitaciones de los ricos,
quienes lo usarán mezclado con sus drogas.

Por eso yo he compuesto ese licor de taberna,
esa maldita canción;
porque quiero que mi canto sea arrastrado
sobre los vicios y la torpeza del hombre.
Después de todo, la poesía es hoy el testimonio,
la doliente crónica de lo que le pasa al hombre:
quizá por ello Dios esté preparando su borrón y cuenta nueva,
y por eso al cantar nos parecemos   al equilibrista
que vacila sobre la cuerda floja.

enero 02, 2013

Celebración de la alegría


Hay que celebrar la alegría que no ha llegado
prepararle la cuna, junto a la ventana sin rejas,
inventarle una canción
                         
acariciarla cuando al fin llega
hacerle reverencia
tomarle fotos
sacarla a pasear
multiplicarla
ir con ella por las calles
convencerla de quedarse
martillarla en las paredes
sembrarla en las fisuras que destapa el ruido
contagiarla
montarle guardia de honor
regalarle las iglesias vacías
agradecerle la presencia
descomponerla
mirar su misterio

coser su sombra a nuestra espalda
para cuando se vaya
poder sonreír.

Dibujo de Guadalupe Haedo. http://guadalupehaedo.blogspot.com/

diciembre 02, 2012

Un hijo

Mi nombre mal escrito en la pulsera de nacimiento de Fernando.


Se que tengo abandonado este espacio. Tanto así me ha absorbido la novedad y el placer de la maternidad estrenada. De hecho, tecleo este post con una sola mano. El otro brazo esta ocupado sosteniendo a Fernando mientras mama uno de mis senos.

Dejo este poema aquí. Lo compartí en otro espacios, pero quiero dejar constancia de este en el espacio que dedico a la literatura.

Los Hijos Infinitos
Andrés Eloy Blanco


Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.


Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.



septiembre 29, 2012

Un poemario

Termine un poemario. Creo.

Digo creo porque soy de las que siempre las palabras les dejan dudas de su finitud.

Puedo decir que es un poemario de puertas cerradas. No, no habla de mi próxima maternidad, ni de mi hijo. De hecho, no escribí ningún poema sobre mi embarazo, ni sobre el hijo que espero y que llegará en cualquier momento.

No sé el porqué.

Si escribí un blog sobre embarazo, pero nada de poesía sobre él.

Quizás lo haga luego, o no lo haga nunca.

Volviendo al poemario. Ahí está. No sé cuando lo publicaré, pero espero hacerlo.

Habla de algo muerto que sigue vivo. Eso creo.


septiembre 03, 2012

El viaje del elefante



Después de la decepción de "El sueño del Celta", de Mario Vargas Llosa, leer "El viaje del elefante", de José Saramago fue como sonreír porque sí.

De decir algo, podría decir todo, o nada. Todo porque es una novela corta, sencilla, pero honda en los personajes de Shubro, el conarca, del rey de Portugal y su esposa Catalina, del archiduque de Austria y su archiduquesa, de los bueyes, los soldados...unidos en sus debilidades humanas en un elefante.


No pude evitar imaginarme al travesía, visualmente. Ver al elefante Salomón caminar, lentamente, entre los humanos que disputan sus creencias, sus visiones, y su historia. La lentitud de elefante, su presencia grande, sin voz pero con voto, y muy pesado, entre los que parlotean sus parar, con sus poses, me dejaron esa sensación del viaje que siempre es la vida, de lo que aquello que no habla pero es puede significar en ella.

O no decir nada, nada más que Saramago enternece y cuestiona, como siempre, con esta, su última novela publicada antes de morir.