octubre 31, 2024

30 de octubre

Se escribe para que otro/otra te lea.

¿Se escribe para que otro/otra te lea?

Se escribe.

¿Otro/otra te lee?

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Termina octubre. El hijo cumplió doce años. A veces digo que extraño cuando era bebé, pero sé que extrañaré también en algún momento este adolescente en ciernes que me ama y me odia (cree odiarme, es una forma de amar también).

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Hace un año y casi un mes mi vida cambió radicalmente. Me quedé sin empleo. Fue un alivio.

¿Me he reinventado? No. 

¿Sigo trabajando? Sí. 

¿Ha sido un camino interesante? Sí y no.

¿Me ha arrepentido de algo? Sí

¿Estoy motivada y emocionada con lo que trabajo ahora? Sí

¿He aprendido mucho? Sí.

¿Prefieres trabajar como trabajas ahora? Sí

¿Te molesta que otros no vean ambición en ti al quedarte como estás ahora? No

¿Volverías a trabajar en una redacción de un medio de información? Tal vez sí. Tal vez no.

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Hace unos 22 años que tengo una caja de cartón en el que guardo recuerdos. La caja, bastante resistente, fue en principio un caja para regalo. En esa caja me regalaron una cartera que ya no existe. La caja ahora es otra cosa. Puedo hacer símiles de la otra cosa en que se ha convertido.

En una tumba. En un agujero de gusano. En un olvido. En una ola que se aleja. En un sótano. En raíces. En casa abandonada. 

Otros recuerdos atados a mí, a veces olvidados por mí, andan fuera de esa caja.

A veces llegan a la pantalla de mi móvil.

Supongo que otros también tienen cajas que son tumbas, agujeros de gusano, olvido, ola que se aleja, sótano, raíces, casa abandonada.

septiembre 20, 2024

20 de septiembre

Es la época de la autopromoción del escritor y la escritora. O, al menos, es la época donde un escritor o  una escritora tiene que asumir la promoción de lo que escribe si quiere que lo que escribe sea leído.

Entonces, entra el juego de tu ego, de la falsa modestia, o la verdadera, el simular que eso que escribes sobre lo que escribes es una especie de concepción virginal de ti mismo o de ti misma. Parte de ti, pero debe aparentar no ser tú. 

Extraño desdoblamiento que busca anularte tratando de hacerte visible. Contradicción del yo literario. 

En esa cruz seremos crucificados. Pero quizás nos quede alguna resurección. 

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Salgo poco desde que no tengo trabajo de oficina. He vivido de escribir por casi 20 años (para ser más precisa, vivo de todo un proceso de investigación, lectura, verificación, filosofía, autosugestión y lógica para redactar un texto), y lo sigo haciendo ahora desde casa. Así que mis salidas han tomado un aura de rejuvenecida aventura y de repetirme: "tenía meses que no pasaba por aquí".

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Dos semanas de temperaturas altas, altísimas. Es como si el sol te pellizcara la piel.

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Camino por la avenida 27 de Febrero, solo un pequeño tramo. Doblo a la Leopoldo Navarro. El edificio de oficinas públicas que se llama Juan Pablo Duarte, pero todos los dicen el Huacal. Es una linda obra de brutalismo que ha envejecido tal mal como se puede esperar. Seis ascensores. Hay que hacer fila para esperar que uno de ellos abra la puerta y un ascensorista determine la cantidad suficiente de personas que pueden caber para el viaje hacia arriba o hacia bajo y reciba al dictado del número al que se dirige cada uno. 

Una hora después, cambio mis tacones en el baño. Calzo unas sandalias, más adecuadas para caminar.

Frente a los ascensores, esperar. ¿Cuál de los seis se detendrá en el piso? Una señora, empleada, se acerca a uno y mira entre la línea que forman las puertas unidas. 

- Los botones funcionan para pedir el ascensor. ¿Hay que esperar a ver cuál, de casualidad, se detiene en el piso que uno espera?

La mujer voltea el rostro.

- Pues sí, pero hay otra forma. 

Se acerca otra vez a la línea y grita.

- ¡Suban al piso nueve!

Tres minutos después se abre la puerta.

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Afuera, calor. Cruzo la avenida. Busco una sombra. Encuentro una. Espero un vehículo. No pasa mucho tiempo sin que se detenga uno. 

- ¿Cuánto hasta la Lincoln?

- Treinta y cinco.

Busco en el monedero. Tengo el cambio exacto. Le pago. 

El flujo disminuye cerca de la esquina donde me quedaré. Me entretengo viendo el paisaje. Un autobús (guagua) se detiene en paralelo al carro en que estoy. Una niña, con cara redonda y un cabello crespo recogido en dos colas, me mira con sus ojos muy abiertos, color miel. Sonríe. Sube una mano y la mueve en un gesto de saludo. Sonrío. También alzo mi mano y la saludo. 

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La única librería grande de Santo Domingo está en el centro de la ciudad. Es cómoda, y los días de semana va poca gente. Subo a la cafetería, en su segunda planta. Allí, como casi siempre, hay un grupo de hombres hablando en un tono de voz tan alta que parece que hablan a los gritos. Es como uno de esos pogramas de radio/YouTube/podcast en que todos hablan a la vez, alto, y sin respetar turnos, casi siempre opinando sin muchos datos. 

Es un grupo asiduo en el lugar. Molestan, creo que lo saben, pero no les importa. Tengo suerte de que se disolvieran una media hora después que llegué. 

Ya con los ruidos habituales de fondo (la cafetera que prepara capuccinos, el toqueteo de las tazas y las cucharas revolviendo dentro de ellas, el sonido fofo de la puerta de la nevera cuando la abren y la cierran, el tono suave, casi imperceptible de una conversación a mi derecha, el sonido de tecleo de una computadora) me pongo a leer, en una tableta, un libro sobre cómo escribir guiones. 

Me concentro y tomo notas en mi móvil. Pasan el tiempo y miro la hora en la pantalla del móvil. Falta una hora para mi clase de inglés. Debo irme, pero antes recorro algunos pasillos. Veo libros sobre maternidad. Toma la foto de uno de ellos. Lo compraré luego. Bajo y busco lo que siempre busco cuando voy a esta librería, la esquina donde ponen los libros de poesía. Voy a la esquina derecha del librero del segundo pasillo. Hay novelas, pero no poesía. ¿Dónde está la poesía?

Sigo recorriendo, mirando en la parte baja de los libreros, en los estantes en las paredes... hasta que por fin encuentro donde ha sido reubicada la poesía. Ahora está en el esquina izquierda del librero del cuarto pasillo. No veo novedades que me interesen. Sí hay dos ejemplares de una antología de Anne Sexton. Sonrío. La tengo. Repaso varias ediciones de los libros de Rupi Kaur. Es famosa y ha vendido millones de copias. No me gusta lo que escribe, pero entiendo porque gusta lo que escribe. 

Me marcho prometiéndome volver. Antes de salir, volteo. Suspiro sobre algunas nostalgias momentáneas escondidas en esos pasillos. Les digo adiós.

septiembre 16, 2024

Una crítica a "Jamás Perder"

Nada más motivador que las palabras sobre las palabras para producir palabras. Esta especie de oración en eco con la palabra "palabra", un juego que se me ocurre mientras escribo esta entrada, no es otra cosa que una manera de encontrar la forma de no mostrar tan a flor de piel el ego de escritora. Y esto a raíz de una crítica a mi último poemario hecha por el escritor, crítico y editor Luis Beiro en el Listín Diario.

Poeta. Dice que soy poeta. Así, en la primera línea. Y sigo absorta aún en las dos primeras oraciones que abren su texto, porque me las creo y no me las creo a la vez, y porque jamás he podido recuperarme del todo de las reacciones que en ocasiones otros y otras tienen sobre lo que escribo y publico. 

En fin, que además de escribir lo que considera que soy en el mundo literario, o la isla literaria, o las tres cuartas partes de isla literaria dominicana, Beiro dice esto sobre "Jamás Perder":

Con “Jamás Perder (2024), la escritora exhibe su madurez a prueba de ecos, en un mundo donde cualquiera escribe y es famosa. Hablo de Iberoamérica, donde su voz prevalece por encima sensiblerías, superficialidades o asuntos de “superación”. Su poesía rehuye de trivialidades ya vistas en otra parte con menor fortuna y se erige con personalidad propia, algo que mucha falta le hace a la metáfora continental.

Menciona a Arraiga, que me imagino que por algún error de tipeo se señala que fue puesta a circular en 2004, pero la edición de ese poemario fue en 2014. Sobre ese libro también escribió Beiro en su momento. Rescato la imagen de la página en que salió publicada la crítica de Arraiga, porque el artículo ya no está en línea. 


Y ya que recuerdo a Arraiga, también en el Listín Diario, en el 2016, se publicó otra crítica, texto que descubrí cinco o seis años después de ser publicado, esta vez el análisis lo hizo Gladys Rodríguez Valdés. 

En mi criterio personal, estamos ante una poesía intimista que expone un vivir que crea raíces y que al igual que en el caso de las poetisas Dulce María Borrero (La Habana, 1883- 1945) y Gabriela Mistral (Chile 1889- Nueva York 1957), el tema de la mujer y sus sentimientos, la niñez, la maternidad y la muerte como destino, se concatenan en un paseo antológico por la vida.


agosto 30, 2024

30 de agosto

Tener ganas de llorar cortando un ají. 

Él me dijo, hace unos años, como había cambiado la dieta con la introducción de alimentos pocos comunes en la gastronomía dominicana.

Mencionó el ají morrón. 

Ahora, con frecuencia, mientras corto un ají morrón tengo ganas de llorar. 

Luego me río.

¿Qué diría si le pudiera decir que lo recuerdo al mirar los pequeños e imperfectos cubos rojos sobre la tabla de cortar?

La nostalgia también tiene humor.

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- Está llorosa desde temprano y no quiere decir el porqué.

La miro. Me mira. Contiene una tristeza muda. Le tomo la mano izquierda con suavidad. Concentro la mirada en su anillo. La miro nuevamente a los ojos, acortada la distancia, su tristeza parece una tarde nublada.

- ¿Por qué está triste? ¿Qué le pasa?

Hace un gesto parecido a una negación, pero sé que es un ejercicio de contención de algo que le da miedo decir. Lo sé porque conozco ese gesto desde una mañana de julio en que la vi sentada frente a la cama en la que dormía, hace 34 años, y buscaba palabras para explicar a esa niña que recién abría los ojos que tenía que construir armas para lidiar con la ausencia de quienes se van sin despedirse.

Así que hice lo que ella solía hacer conmigo, miré su expresión un instante y recordé la memoria de las palabras que nos han servido de puente.

- ¿Se soñó otra vez con su papá?

Asentó con la cabeza.

- ¿Le dijo algo?

- No... Él me viene a buscar. Creo que es mi hora.

- ¿Tiene miedo?

No responde.

- ¿ Se quiere ir?

Duda un poco.

- Sí, quiero irme.

Pienso por un instante qué decir. 

- Todos tenemos una hora. Todos nos iremos. Usted lo sabe mejor que yo. Su hora llegará, no cuando quiera, sino cuando tenga que llegar. No tenga miedo. A mí también me llegará mi hora. 

Me detengo un momento. Cada palabra que digo me duele, pero disimulo. Retomo mi monólogo.
 
- Él viene a visitarla, para que no esté sola. Viene a acompañarla en la noche, porque la quiere y no quiere que esté sola. 

- Sí, es verdad. Sí, mi hija. Sí.

Respira con más tranquilidad y su rostro cambia al soltar la tensión de la tristeza contenida. Aparta la mirada de mí y observa al vacío. Me vuelve a mirar y está tranquila, sosegada. 

Sigo con su mano tomada, recuesto mi cabeza en su hombro y me niego a pensar. Vuelvo nuevamente el rostro hacía ella. 

- ¿Cómo ha pasado la semana? ¿Está contenta de que Teresa esté aquí?

Sus labios se extienden con un gesto de felicidad. 

- Sí, claro que estoy contenta. 

Le pregunto por lo que ha pasado en la casa, qué comió. Manda a buscar una funda, quiere enseñarme los vestidos nuevos que le trajeron. Comentamos sobre el clima, la bulla de los vecinos con su taller de bocinas para carros, que debe subir los pies para que le baje la hinchazón, que no tiene mucho apetito. 

Le regresa esa expresión bondadosa al rostro. 

Deseo que si me toca esperar una hora para irme, ella recuerde visitarme.

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Informe, entregado.

Memorias, a volver a reescribir.

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Tengo miedo sobre el poema que quiero escribir. Podría ser una caja de Pandora.

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Tengo una caja en la que guardo objetos que me recuerdan a personas que no están, que fueron, pero ya no son. No están muertas, pero ya no existen para mí.

Objetos llaves. Objetos memoria. Objetos ruletas rusas.





agosto 09, 2024

9 de agosto

Un viernes leyendo un artículo científico sobre depresión perimenopáusica. 

El oficio me marca la pauta personal. 

Pero estoy segura que en el fondo lo que busco es un mapa. Somos nosotros de manera diferentes tantas veces nos permita la longitud de nuestra vida, y esta que soy ahora es otra que no era antes, pero que habita este cuerpo, y con él las dudas de las constantes mudanzas. 

De niña buscaba mapas en las nubes.

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- Creo que me queda poco.

- ¿Poco de qué?

- Que me voy a morir pronto.

Hago una pausa. Es domingo. El calor húmedo del verano caribeño hace que las palabras sean como un algodón que se incendia en el aire.

- ¿Cómo lo sabe?

- Lo tengo en la mente. Lo tengo en la mente.

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Cerré este texto. Cerré esta corrección.

Liviana.

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Terminé de leer los cuentos de Hilma Contreras. Resumen: sus mejores relatos son los primeros. Tenían un impulso único, sus personajes tenían un arco por el que pasaba todo la magía y la doble moral del mundo rural dominicano. Cuentan también el escape de ese mundo, la ciudad como otra prisión, las alas tercas alzando vuelo. 

Luego, sus cuentos de señora son como estampas. Momentos capturados, un monólogo con sus fantasmas, con el malhumor de la vida, y a la vez, con la comedia en que se convierte mirarse hacia dentro. Entre ellos, algunos destellos de luz. 

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Lo que queda de año será para leer los poemas de Anne Sexton.

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Hoy una mujer dominicana ganó la primera medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. Se llama Marileidy Paulino. Tiene 27 años. Rompió un record al ganar su medalla. Es la mujer más rápida del mundo en los 400 metros. 

Corrió como una gacela. Es una mujer hermosa, de tez morena. Nació en un campo, en un pueblito, de una provincia al sur de República Dominicana. Don Gregorio se llama ese pueblo. Nunca he estado ahí. Busco fotos en Google. Es como muchos pueblos del interior, sostenido en la riqueza de sus ausencias. 

Marileidy recibió la medalla tranquila, sin aspavientos, sin lágrimas de emoción. Es como estar segura de sí misma sin artificios, sin otra actuación que la de estar ahí, de pie, recibiendo lo que merece, sabiendo que sus ágiles piernas son piernas de una humana, que esa medalla es un símbolo de algo muy suyo que nadie podrá conocer, y que ese podio es un instante, un maravilloso instante, cuya dimensión la medirá cuando esté sola, fuera de las cámaras, de los periodistas, de la gente, de los regalos, de las felicitaciones. 

El maravilloso instante de Marileidy, como la forma de la nube haciéndose eterna.