Estuve allí. Zona de nadie y de nada. Mi mirada cruzó (¿a pie?) la turbia línea que sirve de fin y comienzo, todo depende del lado en que se este. Para mí, el fin, un límite; para él, detrás de la puerta, quizás un comienzo…
Tosco, me miró y cuestionó la interrogante dibujada en mi rostro. “¿Por qué me tiras foto?”, me preguntó. Yo no respondí. No tenía respuesta. Sólo sentía una avalancha de pensamientos, atropellados pensamientos, que atacaban la soleada claridad de ese día.
Pensé en las razones que lo mantenían recostado, tras la reja, mirando hacia el otro lado y en su mirada encontré la mirada de millones de otros, otros que quieren cruzar, que quieren marcharse, buscar otras cosas más allá…
Pensé en los “mojados” mejicanos, enfrentados con una pared que se levanta; en los africanos hacía España, aventureros del mar y la muerte; en los dominicanos, improvisados marineros de la esperanza…
Pensé en mis padres, caminando en el suelo extranjero, ajeno y prestado, tejiendo esperanzas y en mí, hija adoptada de una tierra que no me vio nacer, pero que si me ha visto crecer…
Pensé en la irresponsabilidad de los que dividen, de los que marcan las fronteras, de los que cierran horizontes y nos obligan a buscarlos en otra parte…
Pero sobre todo, pensé en las otras fronteras, las que se llevan por dentro, las que carecen de vigilancia, las que nos convierte en seres humanamente ajenos.
Seis y media de la mañana. Caminaba hacía mi trabajo, algo absorta en mis pensamientos, como siempre. Contaba mis pasos y mantenía un intenso monólogo con mi interior.
De vez en cuando la caricia leve, pero certera, de los árboles y el susurro de las calles, casi desiertas, me distraían de los perennes e inquietos colores que juguetean en mi alma.
Me sentía muy pesada. Traía cargado ese cúmulo de “no se que” y “de que se yo”, lastres de los días que me pasan, a veces muy deprisa, envueltos en la rapidez y los pendientes.
Levemente desamparados estaban mis ojos, viendo sin ver, cuando en un mágico pellizco del susurro posado en mis cabellos, fui rescatada. Quietos mis colores y silenciado mi monólogo, pude asirme al intenso destello de un día que nacía.
Entonces, intensamente plena, tome prestado el horizonte y continué.
Viví los últimos dos gobiernos del “Doctor” desde la absorta mirada de mi adolescencia. De esa época recuerdo tres cosas: que la Constitución se llamaba “pedazo de papel”, que la corrupción se exorcizaba en las puertas de un despacho y el rastro olvidado de un profesor.
De los 12 años del “Doctor” conozco las líneas que he ensartado desde la memoria de las lucierganas que sobrevivieron al oprobio; líneas parias, escritas a golpes de sangre y esperanza; líneas poscristas, que viven latentes en el suspiro de esta tierra.
Pensé que después de su muerte, el “Doctor” sería pesado en la justa medida del ominoso legado de sus sombras, de sus 22 años de sombras. Pero no. Sus herederos, camaleónicos herederos, le han creado un altar de flores marchitas, en el que le rinden homenaje.
Por eso no puedo evitar sentirme indignada. Indignada por la historia que se esconde. Indignada por los rostros que se pierden. Indignada por los nombres que se nos borran. Indignada por tantos olvidos.
Indignada ante el reeditado carnaval de nuestra memoria.
Llega cuando no lo esperamos, nos asalta. Cambiamos, sin darnos cuenta. Miramos el escenario y sonreímos, a veces, y lloramos, otras. Buscamos más allá del horizonte…respiramos. Mucho que ver, mucho que caminar, mucho que hacer.
Entonces, nos toca decidir. Decidir que dejamos atrás, que puertas cerrar, que ventanas abrir. Vemos el equipaje para darnos cuenta si debemos aligerarlo para volar, o cargarlo para tocar con más firmeza el suelo que besamos con esperanza.
Y nos despedimos…para encontramos.
“Yo era de un barrio pobre, del centro de la ciudad, ella de clase alta, pa(ra) decir verdad…”. Me enamoro de ella. Juan Luis Guerra
Ella tenía 18 años. El, creo, unos 22. Ella estudiaba medicina. El, creo, electrónica. Ella soñaba con ser doctora. El, mientras trabajaba para pagar sus estudios, soñaba con ser ingeniero. Ella vivía en un exclusivo sector de Santiago. El, en un populoso sector de la capital.
Ambos reían, cantaban sus canciones, tejían sus colores, dibujaban sus paisajes y caminaban sus caminos. Ambos murieron en circunstancia similares.
Pero a pesar de ser tan parecidos, no son iguales. Ella, después de su partida, se transformó, por unos días, en un latido constante en los periódicos, en la televisión, en la radio, en las conversaciones, en las calles…
El, después de su partida, volvió a morir, lentamente, en las pocas líneas de algunas crónicas, para luego hacerse invisible…y quedarse escondido en las lágrimas de su madre.
Vanessa y José Stalin nos recordaron esas permanentes incongruencias que nos separan…aunque paguemos el mismo precio por el tickect de ida…en este caso, un celular.