junio 03, 2026

Veinte años

Este blog cumplió 20 años en línea en abril pasado. Tengo varios meses que no escribo aquí. Mis "diarios" han pasado ahora a una columna del Listín Diario y pienso en que podría usar este blog. ¿Qué podría escribir?

A este espacio le debo todo lo que le puede deber alguien que ha querido escribir desde que era una niña, en especial le debo ser una ventana sin restricciones, en donde he ejercitado todas las maneras de ser desde las letras, siendo tan ingenua como estratégica, tan creída como derrotada. 

Quiero que siga en línea, por pura terquedad. Y pienso qué tipo de textos podría compartir aquí, que no sé si realmente alguien le interese seguir leyendo un blog que nació hace 20 años, en una época en que el mundo gira alrededor de las redes sociales, incluyéndome. 

Algo se me ocurrirá. 

Nos leemos pronto.



noviembre 10, 2025

Una ventana

 No estoy perdida... o quizás, sí. El asunto es que sigo escribiendo algo parecido a un diario de lo que pienso, vivo, leo, veo... pero lo estoy publicando en otro lugar, en un periódico.

Hace unos meses me acerqué a Luis Beiro, editor de la sección Ventana del Listín Diario. Coincidimos en una actividad literaria y me tomé el atrevimiento, luego de saludarlo, de proponerle algo: enviarle un texto semanal de lo que se me ocurriera. Aceptó.

Que alguien confíe en ti al nivel de esperar un texto, que no sabe sobre qué tratará, al filo del tiempo para enviar y publicarlo en una página web que tendrá mucho más alcance que este blog, es suficiente aliciente para dedicarme de manera semanal a cumplir con ese envío. 

Gracias, Beiro.

Así que allí me pueden leer, todos los domingos. 

Aquí los artículos




julio 07, 2025

7 de julio

La herida, la espera.

Domingo en la noche. Sin querer, piso al perro. Él reacciona como debe reaccionar y yo trato de ser rápida para evitar la mordida. Fui lo suficientemente rápida para evitar los dientes, pero no su rozadura. Tengo una herida abierta en el pie derecho. 

Lavo la herida. Decidimos ir a un hospital público. Tienen un antirrábico y un centro de vacunación. Así que calculamos que, a diferencia de una clínica privada, saldré de allí con la herida curada y la vacuna que necesite. 

En la puerta de la emergencia hay un vigilante, alto y moreno, con una voz potente. 

- Sólo puede entrar usted.

Asiento. El esposo y el hijo quedan afuera. El vigilante abre la reja que mantiene el control de la entrada. Habla con otro hombre, que lleva un jean y un t-shirt negro.

- Ponte atento a la puerta. Hay que controlar aquí.

Me siento junto a otros que busca atención o ha sido atendidos. Una chica a mi lado me dice que tiene un dolor en el vientre. Otra chica, en otro lado (derecho) está absorta en el móvil mientras un niño llora, sentado en sus piernas. De pie, también a mi derecha, hay dos hombres con esposas, acompañados de varios policías uniformados, con armas largas y vestimenta parecida a alguna unidad especial. ¿Swats? No sé.

Veo frente a mi a una chica, parece enfermera, detras de un vidrio. Me acerco porque si algo sé sobre el sistema público de cualquier tipo es que siempre hay que preguntar por los procesos, no resulte que al final no hiciste algo que debías hacer, pero nadie te informó. 

- Buenas noches. ¿Debo inscribirme en alguna lista o pasar mi cédula? 

- No. Espere que la llamen por el turno de llegada - me responde sin levantar la vista.

Calculo. Cuando entré estaban las dos chicas, la del dolor en el vientre y la del niño. Así que voy después de ellas.

Tomo asiento y espero. Espero por casi una hora. La chica del niño que llora sale. Luego vuelve y no la dejan entrar, no sé la razón. La herida me duele. Entra la otra muchacha. A los pocos minutos el vigilante grita: 

- ¿Quién sigue?

***

Quisiera dar detalles, pero luego de un mes de estar allí, prefiero resumir. Fueron tres horas de espera, mientras "cosían" a otra persona, un joven que recibió siete puñaladas. Ninguna de las estocadas afectó ninguno de sus organos vitales. Para mi sorpresa, salió consciente y hablando, en una silla de ruedas. 

En esas tres horas ví más de lo que podía imaginar. Escenas que quizás no serían posibles en un centro privada de salud, como por ejemplo ver enfermeras coreando "Faribel, manito lindo", mientras una de ellas le decía a un chico confundido que le había explicado hace horas que "ese medicamento no lo tenían" y que debía ir a una farmacia a comprarlo. 

- O si tú quieres vienes mañana a ver si hay o lo compras para ponértelo mañana. 

El muchacho respondió con un chuipi y se fue.

También vi a dos madres saliendo a comprar las mascarillas para nebulizar a sus niños, a una señora con la presión arterial alta sentada a mi lado que andaba pendiente de la hija, sentada frente a ella, a quien le pasaban un suero por alguna razón que desconocía. Cada cierto tiempo, cruzaba un hombre de pantalón azul y camiseta blanca que me ponía conversación. No sé si era policía, vigilante o acompañante de alguien. Una enfermera me hacia señas que interpreté como: "Ese es un enamorón y te está dando muelas".

El dolor se calmó porque mientras cosían al apuñalado, una enfermera me inyectó un calmante, espantando mirones desde un puesto de camillas en que las cortinas no alcanzaban para garantizar alguna privacidad. En esa misma camilla donde me acosté de espaldas por un momento para ser medicada, y a la vista de todos, fue colocado un chico que llegó medio desmayado, y al parecer con una fiebre alta. Una enfermera lo miró de reojo y le indicó a la señora que llegó con él dónde debía mojar su camiseta para que la usara para bajarle la fiebre. 

Media hora después, llegó otra chica desmayada, También fue colocada en esa camilla. 

- Hoy es la noche - se quejó una enfermera.

Uno un conato de pleito entre un detenido y varios policías. 

En algún momento entraron a un hombre en una camilla. Los llevaban desde una ambulancia del 911. Una doctora lo vío, hizo señas. Su brazo derecho colgaba. Vi la silueta de su estómago inmovil.  No parecía respirar. La señora de la presión arterial alta y yo nos miramos. Lo dijimos al mismo tiempo.

- Está muerto.

***

Luego de que el apuñalado salió de la sala de sutura, tuve que esperar unos 40 minutos a que limpiaran el lugar. Dos chicos y una chica me atendieron. Uno pasaba instrumentos, otro limpiaba y cosía la herida, la chica hablaba. Se sumó un cuarto, a charlar.

Salí con cuatro puntos, muy apretados, sin dolor y con la herida tapada.

- Reposa y ven en ocho días a quitarte los puntos.

Me sentó media hora más a esperar que un médico me hiciera una indicación de antibióticos y calmantes para el dolor. 

Salí. Era más de la medianoche. Mi hijo dormía en el asiento trasero del vehículo. 

***

Regresé al día siguiente, al centro de vacunación. Una señora de modales cansados me atendió. Le expliqué lo sucedido, le enseñé la herida. Anotó datos. Edad, hijos...

- ¿No piensa tener otro hijo?

Le dije un no envuelto en una historia. 

Me aplicaron una antitétanica.

- Vigile al perro. Es de su casa, así que ahí no hay peligro de rabia, pero uno nunca sabe. Si se pone extraño o se muere antes de los diez días, vuelva. Sino, no hay problema.

El perro no se puso raro, ni se murió. Tampoco guardé reposo. Así que cuatro días después estaba con el pie hinchado y supurando. Estaba infectado. 

Empezó otro odisea médica, pero la cuento otro día. 


mayo 30, 2025

Presentar una novela

Hace casi dos semanas presenté por primera vez un libro de un amigo, una novela. Me cuesta creerme con la capacidad para tal tarea, pero no podía esta vez negarme por dos razones: primero, Santiago Almada es un gran amigo, de esas personas especiales y únicas, que salen del común denominador de la gente que te rodea y de quien aprendes a ver la vida desde perspectivas nuevas y revolucionarias; y, segundo, porque su novela me encantó.

Así que me guardé mi síndrome de impostora, mis miedos escénicos y mis reservas ante personas que expresaron (lo hicieron) que no era la persona "ideal" para hacer esa presentación. Claro, ante esas personas Santiago hizo lo que hacen los buenos amigos y colegas: lo hará porque yo quiero y me da mi maldita gana. 

Honrando esta especial amistad, y siendo consecuente con el sincero gusto que me dio leer esta novela, me puse de pie frente a un público y leí el siguiente texto. 


Develar el noir dominicano

Buenas tardes/noches

De entrada, me pondré a una distancia prudente de lo que voy a decir: no soy crítica literaria. Lo que sí soy desde mi niñez (que podría decir reciente para cumplir con el cliché de las mujeres y la edad, y aquí me pongo también a una distancia prudente) es ser lectora.

Y como lectora, les hablaré sobre la novela que hoy se presenta, “Nadie me mata dos veces”, de Santiago Almada, y de cómo esta novela me ha develado el noir dominicano.

Noir, la novelle noire —es decir, en francés, me disculpan la pronunciación— es lo que en español conocemos como novela negra. Según explican los manuales literarios, es un subgénero de la novela policial, esas que hicieron famosos a los detectives fuera de la forma habitual (entiéndase uniformados en estaciones de policía), y nos regalaron personajes como Sherlock Holmes, del escritor británico Arthur Conan Doyle, o Hércules Poirot, creación de Agatha Christie.

Pues bien, la novela negra o noir tiene como protagonista a ese detective que no solo es particular y ajeno a lo que suelen darnos las novelas policiales. Es más bien alguien, detective o no, que busca una verdad, resolver un misterio, alejado del camino convencional de los acertijos de salón y familias adineradas. Nos lleva a los callejones, a la corrupción de escritorio de 8 a 5, a los vericuetos del submundo social y político que enlaza las realidades que se tejen desde las mansiones del sector exclusivo al rancho a orillas de un río, no siendo el bueno o la buena, sino un sincero atormentado o atormentada que necesita expiar también su propio misterio.

En América Latina, escritores y escritoras han abordado este tipo de tramas; quizás el más famoso de ellos, el cubano Leonardo Padura y su detective Mario Conde. En República Dominicana, hasta donde mi memoria lectora me alcanza, no tenemos un detective famoso indagando entre Piantini, tapones, motores que calibran, un colmadón en Villa Juana o el escritorio de un despacho.


Pero posiblemente esta noche estemos en la antesala para descubrir uno, o mejor dicho, una detective que desde la pluma —digo, las teclas— de Santiago Almada nos mostrará que tenemos historias que contar sobre una verdad que se busca y misterios para expiar, propios y ajenos, desde las calles de un Santo Domingo.

Amarilis Barnes es la protagonista de esta historia, y aunque no es el primer personaje creado por Almada que investiga muertes misteriosas que ponen su vida en peligro (Fernanda, de su novela La Última Muerte, publicada en 2020, sería la primera), esta abogada nos sumerge no solo en el afán de descifrar la incógnita de una muerte, sino en un recorrido intenso de supervivencia y pasión, que no deja de lado la idiosincrasia de un país en que, el día más claro, llueve.

La vida de Amarilis, que dirige una agencia de investigaciones matrimoniales, cambia cuando una mujer llamada Ramona la contrata para investigar la muerte de su esposo, Juan Radhamés Aguirre Álvarez, quien aparentemente se suicidó. Así se ve envuelta en un caso complejo que la lleva a descubrir una serie de secretos y conspiraciones, incluyendo un posible asesinato, una red de corrupción y un pasado oscuro del abogado.

A partir de esta premisa, Santiago Almada nos sumerge en una trama de intriga y suspenso donde las líneas entre la justicia y la venganza se difuminan. La investigación de Amarilis la lleva desde los despachos de la alta sociedad hasta los barrios más peligrosos de la ciudad, exponiéndola a una red de personajes complejos y moralmente ambiguos: una viuda en busca de la verdad, una joven de pasado misterioso y poderosos hombres con oscuros secretos. También conoce a Jennifer Berlingieris Mori, una estudiante de mercadeo que se convierte en su alumna y luego en su amante.

Y con una prosa ágil, rica en detalles y descripciones, que incluso nos reta a deconstruir estereotipos y prejuicios, Almada logra abordar un mundo que la literatura dominicana ha ignorado, a pesar de una realidad que nos empuja a mirarnos desde esa perspectiva: una novela negra al muy estilo dominicano: la corrupción en las altas esferas, la violencia latente en las calles y la lucha por una verdad en un mundo en donde nadie, ni siquiera la valiente Amarilis Barnes, está a salvo.

"Nadie me mata dos veces", de Santiago Almada, es una inmersión en las sombras luminosas de un Santo Domingo con misterios que caen de un edificio de la zona universitaria, tras un letrero de "Feliz cumpleaños", y que desde la primera página, les aseguro, los mantendrá atentos y ansiosos en pos de los pasos de Amarilis Barnes y la integridad de su expiación detectivesca.

¡Palabra de lectora!

Gracias.

mayo 12, 2025

12 de mayo

Converso con ella y la descubro. A veces quisiera hacerle preguntas más directas. Me dejó de ver cuando tenía 9 años y me volvió a ver con 18 años. Tiene una laguna sobre mí, pero también es dueña de la laguna que tengo de mi misma, de la bebé que fui y cuyo primer recuerdo está en un piso rojo, en una chichigua hecha con una hoja de un cuaderno, de un vestido rojo con puntos blancos.

Así que creo que estamos a la par con ciertas ausencias y ciertas presencias. Sin embargo, no nos atrevemos del todo a tocar esos vacíos. 

***

¿Es amor esperar lo que crees que te corresponde de alguien?

***

Dije que sí y ahora me arrepiento. Tengo que decir algunas palabras sobre una novela de un amigo. En dos días tengo que ponerme un vestido, unos zapatos, peinarme los rizos y hablar de un texto que leí a personas que quizás les interese saber que hay de interesante en esa novela. Y aquí estoy, frente a una hoja en blanco, tratando de escribir algo sobre esa novela, sintiéndome una impostora. 

¿Quién soy para decir algo sobre lo que ese amigo escribió? Leo libros, sí, hago juicios de valor sobre lo que leo, pero por alguna razón hoy no me siento suficiente para decir algo sobre la novela de mi amigo. Quizás en el cansancio, quizás es que hay cosas sobre la novela que no quiero decir y las que quiero decir no sé como decirlas a alguien más que no sea yo. 

***
Estoy cansada.

***
Mi tía tiene un cactus igual que el mío. El de ella nunca ha tenido flores. El mío, en cambio, cada cierto tiempo, hace brotar una particulares flores, de color vino oscuro, puntiagudas y bellas, en el modo en que las cosas poco comunes son bellas. 

Mi tía abona su cactus, le pone vitaminas, le habla. Nunca le he preguntado qué le dice. Pero no hay flores.

Yo no hablo con mi cactus. No recuerdo la última vez que le cambié la tierra. Suelo echarle agua cada dos días. Eso sí, es la primera planta en la que suelo fijar mi mirada cuando salgo al balcón. Y me ha dado su exóticas y raras flores. 

Hace un tiempo devolví un libro con algunas de esas flores como agradecimiento. El dueño del libro no me dijo nada sobre las flores. Supongo que ante unas raras y hermosas flores no hay mucho que decir. Quizás la belleza constante tiene en su combustible la consciente ignorancia de lo que se deja ser. 



abril 28, 2025

Una entrevista

Hace más de un mes fui entrevistada. Volví a la primera redacción donde trabajé, como pasante, hace más de 20 años. Mi expectativa de la nostalgia chocó con un espacio que me resultó envejecido, con casi el mismo mobiliario que recordaba, pero con una aura que me pareció triste y desamparada. 

Saludé a los conocidos y luego conversé, con mi torpeza habitual en estos casos, sobre los tópicos usuales de alguien a quien le preguntan sobre lo que escribe. Aquí, la entrevista.



28 de abril

Hace 20 días que escribí en este blog, en esta especie de diario que llevo, de anotaciones, sobre la vida que pienso a partir de la vida que vivo. Hace 20 días escribía sobre dolores propios, pérdidas enquistadas en la parcela de mi ombligo, de vida que sangraba, de cerrar puertas mientras se aprende a dejar ir. 

Nadaba en mis relevantes propios padeceres sin saber que a esa hora en la que escribía se acababa el mundo para decenas de personas, aplastadas por un techo que goteó por 30 años. Y mientras meditaba sobre la muerte pequeña que se retorcía en mi vientre, otros agonizaban haciendo una última llamada, tomaban la mano de alguien, también sufriente bajo los escombros, donde otros más oraban, pedían auxilio, trataban de respirar... se morían. 

232 murieron bajo el peso acumulado de tres décadas de mirar a otro lado, de asumir que no hay nada más importante que el dinero, de la desidia de aquel, llamado Antonio Espaillat, que hoy se dice víctima también, aunque esa madrugada, en la que escribía sobre mi pequeña muerte sangrante y 232 personas dejaban de ser en este mundo, él -Antonio- estaba en otro país, pensando que la fiesta bajo ese techo seguía y seguiría hasta el fin de su ambición, hasta la puerta abierta de su insaciable ambición de buen empresario, de buen ciudadano empresario, cuyo límite es el cielo de su ceguera.

***

La escucho. Le hago preguntas en las que buscó rescatar un pasado que no es mío, pero que también me pertenece. 

Hay abismos que se saltan a palabras.

***

Nunca es tarde para darse cuenta que amaste a la invención del amor que creías necesitar. Al revisitarlo, solo hay un rencor dormido ante el espejo. 

Despertarlo solo vale la pena si haces lo que hizo Shakira. 

***

No hay nada más inútilmente satisfactorio para mí que blanquear la ropa blanca.

***

Estoy leyendo todo lo que tengo de Hernán Casciari. Necesito menos drama literario y más humor literario. 

  

abril 08, 2025

8 de abril

Me pongo al día. Luego de un mes suspendida, expectante ante la nada que sangré por tres días, vuelvo a lo habitual: ser otra yo.

Leo las columnas atrasadas de Leila Guerriero. Leo los blogs que aún siguen activos, los menos. Otra vez me hago la nota mental de que debo borrar la mayoría de esos blogs que tengo en lista, pero de todos modos entro a ellos, a cerciorarme de la muerte repentina de sus novedades. Les tengo cariño, pero hay que dejar ir.

Hay que sangrar.

***

Me escribo con un conocido escritor. Le hago una pregunta sobre literatura dominicana hecha con humor, con sentido de la diversión y el divertimiento, o algo así.

Varías líneas escritas, algunas él, algunas yo, llegamos a la conclusión de que la literatura dominicana tiene carencia de humor, de diversión. Es dada al drama, creo que le digo. Mencionamos un autor, él único que recuerdo que escribía y publicada relatos de humor. Mi abuela lo leía. Escribía para otro tiempo, con un humor que ya no tiene espacio en este espacio. 

Mencionamos a otro, no por su humor, sino por la novedad divertida de su poesía, de algunos textos reflexivos que publicó. Tomó la foto de la portada de su antología de poemas. Se la envió al conocido escritor. Me comenta los libros que tiene de él. Por ese camino terminamos hablando de libros prestados. Él presta, yo no puedo prestar, por ansiedad posesiva. Me hago la dramática, como lo es la mayoría de la literatura dominicana (drama propio, drama nuestro) y le comento sobre el no prestar libros poniendo de ejemplo un libro querido, que me regaló una tía cuando tenía catorce años. Lo que no le digo es que no es solo eso. No le digo que a veces cuando veo el librero, cuando veo mi mesita de noche, lo que veo son barcos salvavidas. 

Vuelvo al librero, mi puerto. Reviso y ahí está. Es un libro de cuentos no leídos del escritor comentado en la conversación, el que escribió poemas divertidos y novedosos, según él y yo. Tomo una foto a la portada y se la envió. "Me pasaré la tarde con él". Terminada la conversación, cumplo lo dicho y empiezo a leer para darme cuenta que su poesía podrá ser divertida y novedosa, o novedosa y divertida, pero su narrativa es aburrida... y dramática.

***
Sigo haciendo una lista mental de lo que quiero hacer para escribir algo que no he escrito antes para un libro. 

Abro word. Hago la lista.

***
No le gusta leer. No tiene curiosidad de leer. Sabe leer. No lee tan bien. ¿Se puede contagiar la curiosidad, el gusto, por leer?

Pienso en opciones, y trampas.

***
Escribí el sábado en Facebook.

Qué particular e inesperado es el recuerdo de un dolor. Juré no volver a un lugar porque en ese lugar recibí una de las peores noticias de mi vida hasta ahora. Hoy, que debía resolver sí o sí algo de rutina, estoy en ese lugar. 

No diré que el dolor de ese momento revive, pero  sí toma un cuerpo que se aproxima y se sienta a tu lado y te roza, te respira con fuerza. 

Al final, te das cuenta que ese cuerpo solo se hace presente porque su forma es parte de ti, y estar en este lugar solo le da la corporeidad que quedó atrapada, para siempre, en la silla donde casi colapsas en medio del llanto.

Solo queda tomarle la mano y respirar por un momento a su ritmo".

***
Momentos después, tumbada en una camilla, hablo con el doctor mientras él hurga, observa y anota. Trata de consolarme. Le digo que es una experiencia revivida, pero le agradezco. Digo otras cosas, cual filosofa, y algunas de esas cosas parece que le toca. Hace silencio. Entonces, es él quien habla conmigo y un espacio de él colisiona con el mío. 

Nos ponemos de acuerdo.

Hay que dejar ir. 

¿Podremos dejar ir?

¿Podré dejar ir?

Minutos después, en el carro, pienso que lo arrebatado, que lo deseado que se diluye, y a veces se sangra, no es algo que se deja ir, sino que es algo que se marcha.

Así que no es dejar ir. Es cerrar la puerta.

***
Ida Vitale (está viva hoy y tiene 101 años)

marzo 04, 2025

4 de marzo

Guardar la vida para uno mismo, una misma, resulta cada vez más un ejercicio de contra pulso. Viendo las redes no paro de pensar que ahora se es lo que se muestra en ellas. Pero, ¿ser para quién, para quiénes? ¿Ya no es suficiente ser por ser, existir por existir y moverse de lugar, de sentimiento, de vida por solo moverse?

***

He leído poco. He escrito mucho para ganar un salario, pero no para mi misma. Y las redes no tienen nada que ver con ello. ¿O sí?

***

El Oscar. Los premios al cine.

El cine es otra cosa.

***

Otra vez, una moneda lanzada al aire. 

A ver de que lado cae esta vez. 

febrero 20, 2025

20 de febrero

Reviso mi libreta Hobonichi para recordar que he hecho en estos últimos quince días. 

Las escuetas notas me recuerdan los días como olas, como el mar que se retrae y vuelve. Voy y vuelvo entre mis cosas, entre mi cama, mis libros, mi esposo, mi hijo, mi trabajo solitario, mis poemas sin escribir. Vuelvo y me voy. 

***
De las cosas que no anoto hay sentidos que recuerdo, como ese de quedarme en silencio mientras que otra persona problematiza mi vida sin conocerme. Debí responderle, pero no lo hice. La dejé ser y decir, inventarse la historia y yo darle material para ello. Si ella escribiera, me digo, quizás fuera una de las mejores narradoras de República Dominicana. No tiene talento para escribir, tampoco tiene talento para lo que cree tener talento, pero tiene una versión muy interesante de mi vida y mis decisiones a través de lo que no entiende sobre mi hijo. 

Debí responderle, contrariarla, pelear por mi versión. Preferí divertirme, escucharla y divertirme, imaginarme en esa vida de martir, de mujer vencida por la circunstancia, necesitada de rescate. Me veo desde su creación y me parezco un buen personaje de drama trágico, mujer de sus circunstancias.

***

Terminé de leer "Una habitación propia", aunque debería anotar que terminé de leer "Un cuarto propio", que es la traducción del título de este ensayo que tiene la edición que leí. En Venezuela, de niña, las habitaciones eran cuartos. Le decimos así, cuartos. Cuando llegué a República Dominicana, aprendí a decirles habitaciones, pero el uso común de la casa de mi abuela era decirles aposentos. 

Aposentos es una bonita palabra que le da al espacio donde duermes, y tienes una mesa de noche llena de libros por leer, un halo excelso, una especie de categoría inmortal. O también una especie de rancio abolengo inexistente. En mi habitación, mi cuarto, mi aposento tengo una ventana donde para estas fechas se posan unas avecillas, cuyo nombre científico o popular desconozco. Tienen un lindo canto. Creo que se posan en los barrotes de mi ventana como si fuera una especie de parada guía, donde llaman a los demás para indicarles donde seguir o dónde están, o algún acontecimiento relevante de su probable rutinaria forma de existir. 

Vuelvo al libro. Lo de la habitación, cuarto, aposento propio sigue siendo tan relevante hoy como cuando Virginia lo escribió. Sin duda hay más mujeres con su habitación, cuarto, aposento propio, y un contexto social, cultural y político para que muchas, me incluyo, podamos disfrutarlo. Pero hay tantas que aún no pueden tenerlo aunque lo quieran, algunas que no pueden ni siquiera soñarlo. Y otras que, peor aún, lo cierran y entregan la llave a un conserje o a un administrador. Se quedan fuera de su habitación, su cuarto, su aposento. 

Otra nota del ensayo. Si algún día voy a Londres llevaré flores a la tumba de Aphra Behn

***
Pensando en mujeres y habitaciones, cuartos y aposentos propios... sigo sin entender el afán del morbo al martirio con el que se muestra la vida y obra de ciertas mujeres. En el cine, en la gente que hereda manuscritos... Se les despoja de su humanidad y parecen servir de escenario para egos y la distorsionada mirada de que el triunfo de las mujeres en el arte es, sobre todo, sufrir.

Le pasa a Ann Sexton y a Sylvia Plath. La mayoría, siempre hombres, las reduce a sus muertes, a sus enfermedades psiquiátricas. La vida de ambas queda reducida a esa diversión morbosa de verlas sufrientes, como a la virgen María. 

Se tiene la habitación, el cuarto, el aposento propio en vida... pero también cabe la posibilidad de que después de tu muerte, aparezca algún inquilino que lo redecore. 

***

Fui moderadora de un conversatorio. Poco público. Se conversó mucho. Tres escritores. Hablamos sobre generaciones literarias y puentes. Veo el vídeo y creo que debo mejorar algunas cosas, pero lo hice bien para ser una primera vez. 


***
El fantasma a veces se transmuta a un zombi. Me observa con atención y a veces trata de atacarme. Luego vuelve a hacerse transparente, etéreo. 

Guardo distancia. 

***
Regalé flores a un hombre.

febrero 05, 2025

5 de febrero

Seguimos con los estertores del fantasma del duelo. Lo veo y por fin entiendo su presencia, la idealización de su cercanía. El sueño roto que arrastra como la cadena de un condenado. 

Por primera vez me reí de su presencia. Tomé una escoba y borré su rastro mientras se transparentaba. En un momento tuve miedo de la nostalgia. ¡Muchos años con su compañía! Miedo de su vacío. Dejé la escoba de un lado y lo vi con atención. El fantasma es un vacío lleno de esa que era yo. La cadena pendía de mi ombligo. 

Tijeras en mano, hice el delicado corte. Se esfumó. Tengo, sí, una pequeñita herida, una real, certera y precisa. Una que me recuerda el daño, ahora sí, sin la idealizada presencia de la lejanía. 

No sé donde ha ido ahora. Supongo que a ninguna parte y a todos lados, en tiempo pretérito perfecto.

Le dejé una nota, junto a la escoba. Si vuelve espero que la lea.

Nota: Me dañaste, pero yo te maté.

***

No he leído nada al respecto, pero tengo la sospecha que la memoria de los sonidos es lo último que queda.

- Mi mamá, ¿qué música le pongo?

- Mmmm (Piensa). No sé. ¿Cómo es que se llama?

Le menciono nombres, géneros... ¿Bolero? 

- ¿Daniel Santos?

- Sí.

Abro el Spotify en mi móvil. 

Ella canta el bolero. Mueve su cabeza al ritmo de la canción que habla de desamor, de despecho.

Un rato después me sonríe. Me confiesa que de pequeña quiso aprender a tocar guitarra. Se lo dijo a su madre, mi bisabuela, y le prometió que sí, que un día, cuando fuera más grandecita. En ese momento, me asegura, tenía cinco años.

La promesa nunca se cumplió. No pudo aprender a tocar guitarra. Diez años después huiría de su casa con mi abuelo. Lo hizo enamorada, me dijo alguna vez. "Yo amaba a Agustín", me confesó una tarde, con tono triste y solemne. 

Pero sonríe al recordar su sueño de aprender a tocar guitarra.

- ¿Quiere escuchar otra canción?

- Sí, mi hija. Sí.

***

Donald Trump. El mundo parece ahora una especie de tubo de ensayo. Las etiquetas cambiaron, pero siguen cumpliendo su función, asignarnos sitios en el imaginario de los distintos y distintas, a pesar que somos todos iguales. 

***

Tengo que escribir, pero leo. Y leo porque tengo que escribir. 

Es mi círculo.

***

Una dosis cada doce horas. 

Debo recordarlo. Acercarme a él y decirle: "Es hora de la medicina". Le digo que es para que no se ponga enfermo, como se puso varias veces. Su mirada perdida, el temblor de su cuerpo, el mareo, al ausencia.

- Primero, el agua.

Es lo único que me pide. Un vaso de agua. Toma la medicina. Me aseguro que se la ha tragado. Luego, toma el agua. 

Parece olvidar el ritual enseguida, pero yo no puedo, no debo olvidarlo. 

Toca el piano, ve televisión, juega. 

Parece no preocuparse. Parece saberse cuidado. Parece que sabe lo que yo sé: que cada doce horas, no importa que haga o donde esté (ya me tocó salir corriendo, despeinada, y tomar un taxi con el medicamento en las manos, catorce horas después), llegaré con la caja blanca y verde limón, sacaré el frasco marrón transparente y mediré la dosis.

Él sólo estará pendiente del agua.

enero 30, 2025

30 de enero

Enero es un mes largo, pero no porque tenga 31 días. Es largo, tedioso y desesperante porque es la continuación de un diciembre que es cierre, expectativa, alegría, colores, fiesta. Diciembre también tiene 31 días. 

Así que, digamos, es un justo equilibrio de lo que es la vida. Febrero es el mes limbo. Entramos en él con las contradicciones alineadas en un equilibrado desconcierto. Por eso, quizás, es el mes más corto del año.

***

Empecé a leer "Una habitación propia" de Virginia Woolf. 

Me gusta la manera en que el ensayo está armado. No hay rebuscamientos. Es una narración dialogante, una en la que caminas con ella, ves un gato, almuerzas y cenas con Virginia, la acompañas a la biblioteca y caminas por calles de Londres. Y en ese escenario te entrega sus argumentos, sus preguntas, su busqueda.

Me enteré que este año este libro es ya de dominio público.

***

Sangro. Sangro mucho. Y sangro por más días.

Me quejo, pero también me maravillo del ciclo de mi cuerpo de mujer. Así como me maravillé a los catorce años, cuando sangré por primera vez. Así como cuando me maravillé cuando dejé de sangrar por un año cuando amamantaba a mi hijo. 

Dejaré de sangrar y también me maravillaré por eso. 

Maravillosos ciclos.

***

Ella cada día está más débil y yo la pienso como el mejor personaje para una novela.

La quiero eterna, lo sé. No se puede, lo sé. 

enero 14, 2025

14 de enero

Los primeros diez días de un año nuevo son un espejismo de impulso. 

Hay que aprovecharlos, creerse bala, proyectil, y tratar de dar en el blanco de la herida que los días que, luego, serán solo eso, días para gastar hasta que nos gastemos. 

Al final, el fin y el principio de un año es una convención discutible, pero neciamente necesaria.

***

Empecé a escribir un poema. 

***

Me deben trabajos. Una corrección desde julio. Y una redacción de un documento tan armado de hastío, esperas y remiendos, cuya utilidad venció hace meses, pero al parecer tiene alguna vigencia en ese universo tan confuso de los imprescindibles sin importancia.

***

Crisis materna.

Hijo temperamental.

Madre premenopáusica. 

***

Mi abuela cumplió 93 años. Se me hace más presente y concreta a medida de que se hace más liviana. 

Ya sé cuánto cuesta velarla y enterrarla. Trámites de precaución ante lo inevitable.

¿Y si muero primero? Moriré sin alcanzar su liviandad y eso sí que es una tragedia.

enero 01, 2025

1 de enero

Renovar el comienzo del comienzo.

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Tengo una agenda Hobonichi 5 años. 

El concepto es interesante. Contrario a lo acostumbrado, está agenda es un uróboro: haces notas diarias todo el año y al año siguiente vuelves a la primera página en la que hay otro espacio para las notas de ese día y, de paso, lees las notas del año anterior.

Será como un viaje al pasado escrito.

Me emociona ese espejo. 



Decidí tenerla gracias a la historia contada en este hilo en X. 

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Escribo desde una tableta. Es incomodo, así que no me extenderé más en esta entrada. 

Nota: comprar un teclado para la tableta.

diciembre 28, 2024

28 de diciembre

Día de los inocentes.

Sé que alguna vez escribí una nota corta sobre el tema. La busco. Diciembre de 2009. Cinco párrafos. Recuerdo que era poco el espacio en el impreso del periódico.

Un día que la iglesia católica, al acceder el poder desde el Estado que fue creciendo con los siglos, creó para ocultar o asumir una fiesta pagana. No hay registro de una matanza de niños luego del nacimiento de un Jesús, pero mucha gente cree que sí. Las bromas empezaron después, en la Edad Media, al cruzarse otro tipo de festividad relacionada con "los locos". O algo así.

Algunos insisten en mantener la costumbre de las bromas y el engaño. Al menos ya los medios de información no se suman a eso de ofrecer una nota de "inocente mariposa". Quizás porque la inocentada la han hecho una costumbre al querer calzar la información con lo viral y las redes.

De mí lado, desde que me auto bauticé atea siempre me alivia saber que aquella masacre de niños, al igual que la de Egipto, es solo otro macabro cuento de ficción de la Biblia.

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¿Cuál es tu primer pensamiento cuando despiertas el día de tu cumpleaños?

Respiro. Estoy viva. Cumplo una edad que alguna vez pensé que no cumpliría, no por algún mal augurio, sino por la inocente mirada de la niñez ante una adultez que se piensa inalcanzable.

Cumplir años es una convención del tiempo, una medida para tantas otras medidas. Un despojo, para mí, un peso menos, una cercanía a mí misma. 


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¿Un duelo puede durar 17 años? 

He tenido duelos largos. Ninguno ha incluido un cadáver, solo partes de mí que se vuelven fantasmas.

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La Navidad siempre son los abrazos, la algarabía, la bulla, las luces y la comida.

Una excusa para estar juntos y saber qué tan amplia es la distancia que nos separa. 

Pocos se salvan de esa deriva que nos acerca.

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La serie basada en la novela "Cien años de soledad" ha resultado ser una joya. 

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Recordar que los años nunca son viejos ni nuevos. Somos nosotros los viejos y nuestros deseos, la novedad.


diciembre 04, 2024

Notas sobre la FILSD 2024

Tomé notas para escribir algo sobre la Feria Internacional del Libro. Las boté.

Solo quiero recordar que: 

1. Vendí libros porque casualmente una de las organizadoras de un espacio coincidió conmigo en una lectura. Me invitó. Fui dos días. Regalé rosas a las personas que me compraron un poemario. Me reencontré con gente que apreció. Un hombre me habló de su historia de amor y del libro que busca y no encuentra en cada Feria del Libro. Tres chicas me dijeron que era la primera vez que le regalaban una flor. Lo conté en dos hilos de Twitter (X) y una transmisión en vivo que hice también en esa red social: 

 

 

2. Fui a la presentación del último poemario publicado de Frank Báez. 



3. Compré dos poemarios de Louise Glück.


4. Vi un niño leer La Odisea.


5. Leí tres de mis poemas en un recital que bautizaron "Penetrar el éter". Todas éramos escritoras. No pude evitar el malestar de que un recital de solo mujeres, y dedicado a un escritor, tuviera ese nombre. No quise averiguar si el título correspondía a algún verso. Fuera del título del recital, la experiencia fue hermosa.

6. Sigue siendo un error meter decenas de puestos de ventas de libros, que es una mini representación de una librería (en Santo Domingo serían más que nada, editoriales) bajo un solo espacio. La gente camina de un extremo a otro a tropezones, sin poder ver con tranquilidad los libros, ni tocarlos, ni decidir cuál comprar con cierta tranquilidad. Es una experiencia horrible. Una experiencia antilectura. Quizás sería bueno pensar en las casetas, en incluir algunas fuera de esos pasillos bullosos y que aglomeran a decenas y decenas de personas. O pensar en hacer otros espacios techados alrededor de esos dos principales que han dejado permanentes en la Plaza de la Cultura. Algo que permita que que vender libros se parezca menos a entrar a un mercado techado, ver mesas y estantes en espacios pequeños, entre la bulla, el sudor y los empujones. Ojalá lo piensen un poco.


7. Había bonitos espacios de exposición. Los museos se llenan de gente. Los salones de los museos se usan para leer cuentos, montar obras, hacer recitales, dictar conferencias, presentar libros. Es un buen uso del espacio.

8. Por ahora, la FILSD parece ser el único eje de la política pública alrededor del libro. Antes y después de ella, todo parece ser islas dispersas que mantienen algunos espacios para escribir y editar y vender libros. Algunos dirán que es lo que se puede, y es lo que lo que este mercado dominicano de lectores puede sostener. No soy experta, pero supongo que probablemente es así, y también que podría ser mejor. El año pasado escribí un largo reportaje sobre ello. En ese reportaje escribí esto: 

"Fuera de ese pequeño planeta, con satélites dispersos en supermercados y papelerías, y del medio centenar de casetas en el Paseo de la Lectura del Parque Enriquillo -con libros nuevos y usados- la cultura libresca es escasa. Ni siquiera la millonaria inversión a través de la FILSD, que sobrepasó los 100 millones entre el 2019 y el 2021, ha podido agrandar su espacio".

Pueden leer el reportaje aquí. Santo Domingo: de espalda al libro

9. Como todos los años, el Ministerio de Cultura dice mucho de la FILSD. Los miles, y hasta millones, de visitantes, los libros editados, las actividades. Y siempre dicen lo mismo (con variaciones mínimas en las expresiones): "Hemos superado las expectativas", "Se han roto paradigmas", "El libro fue el protagonista", "Se han roto records"...

10. Último. Siempre voy a la Feria del Libro. Espero que de alguna manera sobreviva lo suficiente para mejorar tanto como lo necesita. 

4 de diciembre

Llevarlo al médico. Explicar como explica una madre que tiene un solo hijo: con lujos de detalles y hasta con video. 

Lo revisa. Hace pruebas físicas. Lo mide. Lo pesa. Todo aparenta bien, pero hay que hacer estudios, evitar otro evento en que su mirada se pierde y se hace silencio, y luego no recuerda nada. 

Salgo con la cartera llena de medicamentos, dos indicaciones y una agenda mental de horarios para medicar y un estudio médico que pautar en el peor mes para pautarlos: diciembre.

Él se divirtió en la consulta. Hizo un video. Bromeo y organizó los juguetes de la esquina de los juegos del consultorio. 

***

Una semana atrás. Dolor en el oido. Emergencias y referimiento a un especialista.

Buscar especialista. Ir a la cita. Es inquieto. Camina, revisa, usa el móvil, se sienta cerca de la puerta del consultorio, va al baño. Por fin llega el turno. El otorrinolaringólogo hace preguntas. Yo contestó. Él contesta. Yo aclaro lo que contesta. 

- ¿Es su único hijo? 

- Sí.

- Se nota.

El otorrinolaringólogo me psicoanaliza. Quiero decir que también se le nota y se le notan las muecas tras la mascarilla. Pero me lo callo e ignoro por completo su furtivo juicio de suedo psicólogo...

Tres medicamentos distintos. Horarios de doce, ocho y veinticuatro horas. Empiezo a calcular los horarios y pensar cómo voy a negociar con el hijo cada toma. 

¿Qué otras cosas habrá pensando que notó? Me pregunto, mientras tomo al hijo de una mano y miro a ambos lados de la calle para cruzar.

***

La silla de ruedas es liviana. Se la mandó su hija mayor desde Estados Unidos. Una silla casi nueva, abandonada por alguien que ya no la necesitaba (pienso en las posibilidades en las que se abandona una silla de ruedas que no se necesita, me quedo con dos: muerte o recuperación. Deseo la última). 

La liviandad de la silla es un regalo para ella. Se quejaba siempre del difícil manejo de la anterior, una silla pesada y grande, con algo de óxido  en algunas partes, que llegó también casi nueva a sus manos, pero que ya había alcanzado, y sobrepasado, su vida útil. Ya no podía moverla para poder hacer lo que sus pies dejaron de hacer hace tiempo, llevarla de un punto A a un punto B.

Estaba sola. No debería estar sola nunca. Pero a veces quienes la rodean olvidan que ella no debería estar sola. Así que estaba sola, por ese olvido de todos y todas, a aquellos que parió, amamantó, cargó, les dio de comer, les dio té sin azúcar en las mañanas mientras, llorosa, pensaba en fórmulas para alimentarlos, para que tuvieran un techo o para que estudiaran. Los todos y las todas que vio nacer de sus todos y todas, a quienes también cobijó, algunos de ellos también fueron alimentados por ella, cargados, protegidos, amparados. De esos todos y todas, ninguno estaba y ella tenía que ir desde un punto A a un punto B, desde la galeria al baño.

Agradeció su silla liviana. La giró y la guió por el pasillo. Murmuraba para sí misma, masticaba sus pensamientos de que quizás alguien llegaría, de que algún todo o toda se aproximaría y la llevaría sin muchos contratiempos a su punto B. Su lenta carrera seguía. Nadie llegaba. Mascullaba algún recuerdo, recordaba a la hija que se crió en otro lado, a otra hija que vivía cerca, a la otra hija que vivió aquí y vivió allá, al hijo de la visita diaria y breve, al hijo que trabaja cerca, al hijo que no vive aquí, al hijo que vive aquí pero salió. Se les enredan los nombres. A una hija la llama por el nombre de otra hija, a un hijo lo llama por el nombre de otro hijo. A la nieta que crió la ve junto a ella, cocinando en un anafe, con siete años, subida en dos bloques de cemento para alcanzar la mesa, pero esa nieta nació 20 años después de ese anafe sobre una mesa de madera y el reproche de su compadre: "El día que se niña le pase algo te meto presa".

Ya casi llega. El punto B está cerca. ¡Qué liviana esa la silla! Lo agradece. Es la silla que necesitaba. 

Entra al punto B. Mira alrededor. Está sola. Se acerca a la barranda que le sirve de apoyo para levantarse. Ha perdido fuerzas, esas que la acompañaron durante tantos años, que le abrieron tantos caminos, que la mantuvieron de pie ante sus propios errores. Fuerzas que ahora pedía en oración. Quería fuerza para poder alcanzar la barranda, para poder ponerse de pie, para caminar unos pasitos con sus pesados pies, con sus hinchados pies. Fuerza.

La fuerza le faltó.

Cayó en el primer intento. Sintió su cuerpo resbalar. Batió sus manos en el aire. La barranda estaba lejos, no pudo alcanzarla a tiempo. Así que el único sostén era el de la gravedad que la llevaba directo al piso húmedo del baño. El piso del punto B. 

Entonces lo sintió. Un hoyo negro se abría cerca del dedo gordo de su pie derecho, de su hinchado pie derecho. Gritó con la única fuerza que tenía, la de su voz. Gritó un grito lleno de nombres enredados de sus todos y todas, llamando a cada quien por el nombre de otros quienes. Los llamó a todos y todas, con los rostros cruzados. Llamó a los todos y todas que se habían ido hace tiempo. A su papá, a sus hermanas, a sus hermanos, al hijo que murió de fiebre entre sus brazos, al hombre que amó, al nieto que murió de tristeza, a sus nietas arrebatadas por la enfermedad. Su boca de lleno de nombres, una avalancha de nombres, de rostros confundidos, de adioses.

Estaba sola. No debería estar sola.

El hoyo se abría a sus pies, como otra boca, pero silenciosa. Un hoyo que le tocaba la punta de su pie derecho...

- ¿Cómo llegó aquí?

Era una voz conocida. Un rostro conocido. Era un hijo al que llamaba con el nombre de otro hijo. 

La angustia se le hizo rabia. 

- ¡Estaba sola! 

El hijo transmutado trató de levantarla, pero no pudo. Minutos después otro hombre atravesó la puerta. No era un hijo, un hijo con el nombre de otro hijo, ni uno de los todos que llamó.

Ambos la levantaron.

- ¿Y el hoyo?

- ¿Cuál hoyo?

Miró sus hinchados y cansados pies sobre un charco de agua, quizás. No había hoyo. 

Horas después, mientras contaba la historia a una que era parte de esos todos y todas a los que llamó, sintió el hoyo otra vez, pero ahora se le habría en el pecho.

***

Ayer recibí un correo de un amigo escritor. Insiste en desvincularse de las redes sociales. Es una buena noticia. Me felicita por adelantado por mi cumpleaños. Sé, y creo que lo acompaño en el sentimiento, que es un nostálgico de las cartas. Incluso, un nostálgico de los mensajes parecidos a cartas que podemos mandar por un correo electrónico. 

Me parece que vale la pena esa nostalgia. 

Si cuando no estemos, uno de nosotros termina siendo famoso, pues quizás se recoja ese intercambio de correos electrónicos. 

Nuestras cartas. 

noviembre 26, 2024

26 de noviembre

Limpiar un closet es una trampa.

Estornudos después de levantar el polvo, de limpiar, empiezas a revisar cajas y bultos.

Seis cajas de distintos artículos, guardadas por alguna razón no lógica sobre garantías. Un bulto de ropa de maternida que no usé porque no alcance la talla para ella... 

Pausa.

Una cesta llena de ropa pequeña de un hoy preadolescente. 

Pausa.

Mido la mini ropa sobre la espalda del preadolescente. 

- Es la ropa que usaste cuando acabaste de nacer.

- Era yo chiquitito. 

Se ríe. Le doy un beso en la frente. Retoma su juego en el móvil.

Cortinas con más años que el preadolescente. Bien cuidadas. Bien guardadas. Las saco para regalarlas. Las daré sin mucho comentario, pero ellas llevan ciertos aromas de felicidad y tristeza que no podré traducir. 

Otras cortinas, otras sábanas. Unas para botar, otras para lavar y volver a guardar. Todas con ciertos aromas de felicidad y de tristeza que me hablan para despedirse.

Algunas no dicen nada. No me dicen nada.

Pausa.

Termino la limpieza.

Me acuesto en la cama boca arriba. Acaricio las sábanas recién puestas en la cama. De ellas, pienso, un día solo me quedará el aroma, o la sensación, o nada.

Limpiar un closet es una trampa.

noviembre 22, 2024

El niño y la Odisea

Fui a un recital en el último día de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo. El nombre del recital era, según mi juicio, feo y de mal gusto, desfasado. Pero fui porque quería leer, porque un poema se hace cuerpo cuando se lee y me gusta ver un poema desnudo. Leí, antes de los poemas, esto:

"Defender la palabra contra la música, el sentido contra el sonido, la verdad contra la belleza, lo natural contra lo acabado. Acudir a un congreso de poesía y pronunciar, como forma de protesta, la palabra lechuga". Batania (Neorrabioso)

Salí de allí empoderada, con mi vestido negro y de lunares blancos, mis zapatos rojos, mis labios de rojo, y un pago por leer poesía que gasté en dos libros media hora después y, más tarde, en la merienda de la semana para mi hijo. También me habían regalado un bono para un libro.

Había que anotarse en una lista y hacer una fila. La fila era larga. Mientras hacia mi turno veía a mi alrededor. Mucha gente caminando de un lugar a otro, muchos niños, padres con caras de hastío y cansancio, dando espacio a un paseo, a un libro regalado para sus hijos, a una salida sin muchos gastos. Era el último día de la FIL y era como todos los últimos días de la FIL: un mar de gente.

Ya me dolían los pies. La fila avanzaba poco, pero no tenía intención de abandonar la posibilidad de elegir un libro dentro de un grupo de libros que quizás tenían años guardados en un almacén. La posibilidad de encontrar una joya. En esos pensamientos estaba cuando detuve mi mirada.

Bajo un alero de la edificación, uno de esos hechos bajo un concepto de arquitectura y arte, estaba un niño sentado. Tenía su atención concentrada en un libro que agarraba con propiedad entre las manos. El niño leía, al parecer, en voz alta, pues veía sus labios moverse, pero no podía escucharlo. Ponía el libro en su regazo, acercaba el libro a su rostro, lo alejaba, lo volvía a acercar. Me detuve en el título. La Odisea. 

Tomé varias fotos con mi móvil. Luego me debatí si debía compartir su imagen, su rostro, en las redes sociales. En ese momento la chica frente a mí lo llamó. "Ey, muchachito, ven acá". 

El chico se acerca. Le calculo unos doce años, quizás menos. 

- Oye, tú te puedes acercar a la mesa de los niños y pedir un libro para mi sobrina.

- No, no puedo. Ellos me anotaron en la lista y ya fui. No van a querer darme otro libro. 

Mientras responde, lo observo. Su ropa está desgasta, igual que sus zapatos. Su piel está cubierta de marcas oscuras, como recuerdo de alguna lesión cutánea ya sanada. Su pelo es ondulado  y abundante, como si tuviera mucho sin ir a una peluquería. Habla bajito, pausado. Tiene ojos vivaces. 

Se retira nuevamente a su rincón. Solo. Levanta el libro y lo acerca otra vez a sus ojos, cubriendo su rostro totalmente. Aprovecho y le tomo otra foto. Ahora su rostro no se ve. Otros niños juegan a su alrededor, algunos bajo la mirada atenta de sus padres. "¡Bájate de ahí!", grita una mujer a una niña que trata de subir por el camino que forma el alero artístico bajo el cual un niño solo lee La Odisea.

La Odisea. El viaje de regreso de Odiseo, o de Ulises, a su casa, a Ítaca. La Penélope que espera, el hijo que espera, los hombres que lo creen muerto, el Odiseo que llega, que mata, que triunfa. 

El niño y La Odisea. La ropa gastada, los ojos vivaces, sus labios repitiendo lo que lee, ignorando la algarabía, el gentío, a la empoderada poeta que pronunció la palabra lechuga en una sala climatizada, antes de leer tres poemas en un recital nombrado con una expresión desfasada, de mal gusto. El niño leyendo su versión infantil de La Odisea. Un niño solo leyendo sobre Odiseo, Ítaca, Penélope, Telemaco, los hombres, la furia, la venganza, el triunfo.

La fila avanzó. Dejé al niño atrás. Entre los libros a elegir había poco que elegir. Atrapé uno de Eugenio María de Hostos, "La educación científica de la mujer". 

No quise ver nuevamente hacia el lugar en que vi al niño leyendo. 

Compartí la foto en Twitter. Recibí decenas de comentarios de respuesta. "Hay esperanza" era la expresión más usada. Alguien me reclamó porque no me acerqué al chico y le pregunté por su nombre, o dónde vivía, o porqué leía con el libro tan pegado al rostro. 

Fui una niña sola que leía. Sé que ningún niño o niña que lee en soledad no quiere ser interrumpido. Menos por una poeta que observa y toma fotos, con un vestido negro con lunares blancos, con zapatos rojos, con los labios pintados de rojo. Un niño o niña leyendo solo es un niño o niña que está viajando y nadie quiere interrumpir un viaje para responder las preguntas de una adulta que no conoce. 

Quizás el reclamo venía por el lado de que pude ser la salvadora sobre alguna situación alrededor del niño. ¿Salvarlo de qué? ¿Salvarlo de leer? ¿Entregar su imagen al morbo virulento de la sacralización de una pantalla? 

Mientras leía esos mensajes recordé que ese día, al caminar a una de las salidas de la Plaza de la Cultura, pensaba en mi soledad, en mi niñez y los libros que he leído. Pensaba en que aún no he leído La Odisea, en la ropa desgastada del niño, en sus ojos vivaces, en su rostro tranquilo, en su voz pausada, en su lectura en medio de la algarabía, en que parecía estar ahí porque quería, en que sabía que ningún adulto le diría "ya, vamonos" o "vamos a comprar un helado".

Pensaba en la odisea de ese niño, en el regalo de verlo y de no haberlo interrumpido. Y deseé que llegara a su Ítaca, que lo esperaran allá, que se vengara y que triunfara. 


noviembre 21, 2024

21 de noviembre

Nada te prepara para verlo caer, agitando su cuerpo, buscando aire, su rostro violeta, sus ojos fuera de lugar.

Nada te prepara para ser empujada, que te lo quiten de los brazos, que urgen en su boca.

Nada te prepara para las preguntas, para la suposición, para tus gritos sordos de que no, no es eso.

Nada te prepara para verlo sobre el hombro de otra persona, reaccionando, llamándote a gritos, mientras corres pensando que es el último día con él. 

Nada te prepara para escuchar sus palabras entrampadas, balbuceando, casi sonámbulo, casi dormido.

Nada te prepara para su enojo, su llanto, su queja, sus empujones. 

Nada te prepara para la calma simulada, la ignorancia de tus pedidos, la bruma de todos contra ti, de la renuncia y la entrega.

Nada te prepara para el alivio y el grito contenido, y el nudo en tu cuerpo, y su mano en la tuya.

Nada te prepara para verlo, sentado, cantando. Al "aquí no pasa nada" y la incredulidad ante su respiración, ante sus ojos calmos.

Nada te prepara al llanto de tu cuerpo desatado, de besar sus ojos dormidos, de tocar su pecho y comprobar que respira, que su corazón late.

Nada te prepara para levantar la cabeza y sentir el alivio de la segunda oportunidad, la respuesta al deseo de que no pasará, al guiño del ahora no.

Entonces, agradeces que la petición siga vigente, esa que susurraste una noche mientras lo acunabas.

"Primero yo, primero yo".

***

Cuentas mal sacadas. Vendí casi treinta poemarios. O algo así. La mayoría de los vendidos fueron de la edición de mi primer poemario, ese libro del que a veces me arrepiento, pero tiene bonita portada.

Los vendí con rosas, y los regalé también. 

"Mira este poema. Es ella". Dijo casi en susurro a su madre. "¿Quién es ella?", pregunté. "Este poema es como lo que le gustaba a escribir a mi prima, que murió". "Que bueno que la encuentras en ese poema", le dije.

"¿Puede leer un poema", me preguntó. "Claro", le respondí. Lo leyó en voz alta. Hizo una pausa. Lo volvió a leer. "Es profundo". No me compró un libro, pero me contó su historia de amor con Sara, su esposa. Tienen 52 años juntos. Pienso en que me gustaría escuchar la versión de Sara.

"No tengo dinero para comprarlo", me dijo, mientras lo leía. "A ver, ¿cuánto tienes?", le pregunté. "Tengo cien pesos", me responde. "¿Ese dinero incluye tu pasaje"?, le pregunté. "Sí", me responde. "Bien, vamos a hacer una cosa. Me das cincuenta pesos y te llevas el libro", le propuse. "Está bien", me dijo. Salgo a cambiar la papeleta de cien, volteo a verla. Sigue leyendo. Regreso a la mesa, le doy sus cincuenta, me quedo con mis cincuenta. Le paso el libro y la rosa. Agradece emocionada. "Es la primera vez que me regalan una flor", me confiesa.

Ya no tengo ejemplares de Arraiga, mi segundo poemario. Hay que reeditarlo.

***

Haciendo paz con la ansiosa idea de superar el límite de mi tiempo.