marzo 04, 2025

4 de marzo

Guardar la vida para uno mismo, una misma, resulta cada vez más un ejercicio de contra pulso. Viendo las redes no paro de pensar que ahora se es lo que se muestra en ellas. Pero, ¿ser para quién, para quiénes? ¿Ya no es suficiente ser por ser, existir por existir y moverse de lugar, de sentimiento, de vida por solo moverse?

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He leído poco. He escrito mucho para ganar un salario, pero no para mi misma. Y las redes no tienen nada que ver con ello. ¿O sí?

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El Oscar. Los premios al cine.

El cine es otra cosa.

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Otra vez, una moneda lanzada al aire. 

A ver de que lado cae esta vez. 

febrero 20, 2025

20 de febrero

Reviso mi libreta Hobonichi para recordar que he hecho en estos últimos quince días. 

Las escuetas notas me recuerdan los días como olas, como el mar que se retrae y vuelve. Voy y vuelvo entre mis cosas, entre mi cama, mis libros, mi esposo, mi hijo, mi trabajo solitario, mis poemas sin escribir. Vuelvo y me voy. 

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De las cosas que no anoto hay sentidos que recuerdo, como ese de quedarme en silencio mientras que otra persona problematiza mi vida sin conocerme. Debí responderle, pero no lo hice. La dejé ser y decir, inventarse la historia y yo darle material para ello. Si ella escribiera, me digo, quizás fuera una de las mejores narradoras de República Dominicana. No tiene talento para escribir, tampoco tiene talento para lo que cree tener talento, pero tiene una versión muy interesante de mi vida y mis decisiones a través de lo que no entiende sobre mi hijo. 

Debí responderle, contrariarla, pelear por mi versión. Preferí divertirme, escucharla y divertirme, imaginarme en esa vida de martir, de mujer vencida por la circunstancia, necesitada de rescate. Me veo desde su creación y me parezco un buen personaje de drama trágico, mujer de sus circunstancias.

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Terminé de leer "Una habitación propia", aunque debería anotar que terminé de leer "Un cuarto propio", que es la traducción del título de este ensayo que tiene la edición que leí. En Venezuela, de niña, las habitaciones eran cuartos. Le decimos así, cuartos. Cuando llegué a República Dominicana, aprendí a decirles habitaciones, pero el uso común de la casa de mi abuela era decirles aposentos. 

Aposentos es una bonita palabra que le da al espacio donde duermes, y tienes una mesa de noche llena de libros por leer, un halo excelso, una especie de categoría inmortal. O también una especie de rancio abolengo inexistente. En mi habitación, mi cuarto, mi aposento tengo una ventana donde para estas fechas se posan unas avecillas, cuyo nombre científico o popular desconozco. Tienen un lindo canto. Creo que se posan en los barrotes de mi ventana como si fuera una especie de parada guía, donde llaman a los demás para indicarles donde seguir o dónde están, o algún acontecimiento relevante de su probable rutinaria forma de existir. 

Vuelvo al libro. Lo de la habitación, cuarto, aposento propio sigue siendo tan relevante hoy como cuando Virginia lo escribió. Sin duda hay más mujeres con su habitación, cuarto, aposento propio, y un contexto social, cultural y político para que muchas, me incluyo, podamos disfrutarlo. Pero hay tantas que aún no pueden tenerlo aunque lo quieran, algunas que no pueden ni siquiera soñarlo. Y otras que, peor aún, lo cierran y entregan la llave a un conserje o a un administrador. Se quedan fuera de su habitación, su cuarto, su aposento. 

Otra nota del ensayo. Si algún día voy a Londres llevaré flores a la tumba de Aphra Behn

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Pensando en mujeres y habitaciones, cuartos y aposentos propios... sigo sin entender el afán del morbo al martirio con el que se muestra la vida y obra de ciertas mujeres. En el cine, en la gente que hereda manuscritos... Se les despoja de su humanidad y parecen servir de escenario para egos y la distorsionada mirada de que el triunfo de las mujeres en el arte es, sobre todo, sufrir.

Le pasa a Ann Sexton y a Sylvia Plath. La mayoría, siempre hombres, las reduce a sus muertes, a sus enfermedades psiquiátricas. La vida de ambas queda reducida a esa diversión morbosa de verlas sufrientes, como a la virgen María. 

Se tiene la habitación, el cuarto, el aposento propio en vida... pero también cabe la posibilidad de que después de tu muerte, aparezca algún inquilino que lo redecore. 

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Fui moderadora de un conversatorio. Poco público. Se conversó mucho. Tres escritores. Hablamos sobre generaciones literarias y puentes. Veo el vídeo y creo que debo mejorar algunas cosas, pero lo hice bien para ser una primera vez. 


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El fantasma a veces se transmuta a un zombi. Me observa con atención y a veces trata de atacarme. Luego vuelve a hacerse transparente, etéreo. 

Guardo distancia. 

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Regalé flores a un hombre.

febrero 05, 2025

5 de febrero

Seguimos con los estertores del fantasma del duelo. Lo veo y por fin entiendo su presencia, la idealización de su cercanía. El sueño roto que arrastra como la cadena de un condenado. 

Por primera vez me reí de su presencia. Tomé una escoba y borré su rastro mientras se transparentaba. En un momento tuve miedo de la nostalgia. ¡Muchos años con su compañía! Miedo de su vacío. Dejé la escoba de un lado y lo vi con atención. El fantasma es un vacío lleno de esa que era yo. La cadena pendía de mi ombligo. 

Tijeras en mano, hice el delicado corte. Se esfumó. Tengo, sí, una pequeñita herida, una real, certera y precisa. Una que me recuerda el daño, ahora sí, sin la idealizada presencia de la lejanía. 

No sé donde ha ido ahora. Supongo que a ninguna parte y a todos lados, en tiempo pretérito perfecto.

Le dejé una nota, junto a la escoba. Si vuelve espero que la lea.

Nota: Me dañaste, pero yo te maté.

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No he leído nada al respecto, pero tengo la sospecha que la memoria de los sonidos es lo último que queda.

- Mi mamá, ¿qué música le pongo?

- Mmmm (Piensa). No sé. ¿Cómo es que se llama?

Le menciono nombres, géneros... ¿Bolero? 

- ¿Daniel Santos?

- Sí.

Abro el Spotify en mi móvil. 

Ella canta el bolero. Mueve su cabeza al ritmo de la canción que habla de desamor, de despecho.

Un rato después me sonríe. Me confiesa que de pequeña quiso aprender a tocar guitarra. Se lo dijo a su madre, mi bisabuela, y le prometió que sí, que un día, cuando fuera más grandecita. En ese momento, me asegura, tenía cinco años.

La promesa nunca se cumplió. No pudo aprender a tocar guitarra. Diez años después huiría de su casa con mi abuelo. Lo hizo enamorada, me dijo alguna vez. "Yo amaba a Agustín", me confesó una tarde, con tono triste y solemne. 

Pero sonríe al recordar su sueño de aprender a tocar guitarra.

- ¿Quiere escuchar otra canción?

- Sí, mi hija. Sí.

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Donald Trump. El mundo parece ahora una especie de tubo de ensayo. Las etiquetas cambiaron, pero siguen cumpliendo su función, asignarnos sitios en el imaginario de los distintos y distintas, a pesar que somos todos iguales. 

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Tengo que escribir, pero leo. Y leo porque tengo que escribir. 

Es mi círculo.

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Una dosis cada doce horas. 

Debo recordarlo. Acercarme a él y decirle: "Es hora de la medicina". Le digo que es para que no se ponga enfermo, como se puso varias veces. Su mirada perdida, el temblor de su cuerpo, el mareo, al ausencia.

- Primero, el agua.

Es lo único que me pide. Un vaso de agua. Toma la medicina. Me aseguro que se la ha tragado. Luego, toma el agua. 

Parece olvidar el ritual enseguida, pero yo no puedo, no debo olvidarlo. 

Toca el piano, ve televisión, juega. 

Parece no preocuparse. Parece saberse cuidado. Parece que sabe lo que yo sé: que cada doce horas, no importa que haga o donde esté (ya me tocó salir corriendo, despeinada, y tomar un taxi con el medicamento en las manos, catorce horas después), llegaré con la caja blanca y verde limón, sacaré el frasco marrón transparente y mediré la dosis.

Él sólo estará pendiente del agua.